En 1996, cuando Marta Ramoneda y Antonio Ramirez abrieron la primera libreria de La Central, nadie hablaba de algoritmos en una conversación cotidiana. Treinta años después, los algoritmos deciden qué leemos, qué buscamos, que creemos, qué queremos, y lo hacen tan bien que hemos dejado de preguntarnos quién decide. No nos lo imponen. Lo elegimos.
El filósofo y editor Andrea Colamedici publicó hace un año Hipnocracia, un diagnóstico del momento que vivimos: muy pocos actores globales controlan cómo escribimos, cómo imaginamos, cómo buscamos información y cómo construimos sentido lo que él llama imperialismo cognitivo-. El propio Colamedici escribió ese ensayo usando inteligencia artificial, no para delegar el pensamiento sino para expandirlo, y esa distinción es el núcleo de su argumento: la IA puede amplificar la lucidez o narcotizarla, según quién la use y con qué criterio. Su respuesta al imperialismo cognitivo es la soberanía cognitiva: la capacidad de navegar entre múltiples realidades manteniendo un centro propio de pensamiento crítico. Para el sector cultural, esto no es una abstracción filosófica: queremos seguir siendo relevantes como espacio de comunidad y de construcción colectiva de pensamiento.
Una librería que elige con criterio es la respuesta que este momento histórico necesita, porque ante la acumulación infinita de datos lo que escasea es el discernimiento, y frente al ruido lo que tiene valor es la selección con nombre propio.
La industria del libro ha sido siempre una cadena de confianza donde alguien escribe, alguien edita con criterio, alguien recomienda con conocimiento y alguien lee y transforma lo leído en pensamiento propio: lo que Carlo Feltrinelli ha llamado «libros que nos salven de los algoritmos». No es nostalgia sino una declaración de función: la cultura como garantía de veracidad. La relación entre IA y humano es una multiplicación, no una suma, de modo que, si el factor humano equivale a cero sin criterio, sin pensamiento propio, sin conocimiento-, el resultado es cero por muy potente que sea la tecnología. Si no reclamamos como industria ese rol, lo perderemos.
Liderar La Central en 2026 significa mantener viva esa tensión en cada decisión: la de ser un negocio cultural sin renunciaraserun proyecto de sentido. Tres décadas no son inercia sino decisiones acumuladas, apuestas que no siempre salieron bien y la convicción, renovada cada día, de que este espacio importa. Desde que este proyecto forma parte del ecosistema Feltrinelli, la responsabilidad de mantener ese equilibrio es, si cabe, mayor, y nos exige valentía directiva, no cobardía disfrazada de prudencia.
Lo que Antonio y Marta comenzaron con intuición, conocimiento e ideas claras sigue vivo gracias a un equipo que sabe que los libros no están en un sitio porque sí. Cada librera o librero que se incorpora aporta sus lecturas, su criterio, su forma de mirar, y todo eso se acumula, se discute y se contagia de una manera que ningún algoritmo puede reproducir. La prescripción humana -ese gesto de poner un libro en las manos de alguien porque ha leído, ha escuchado y sabe- conlleva algo que los datos no tienen: criterio con consecuencias, elección con firma. Esto es la soberanía cognitiva en su forma más concreta: alguien que te mira, te escucha y te propone tu próxima lectura.
Estos días celebramos la Feria del Libro y el parque se llena de curiosidad, los libros pasan de caseta en caseta y se descubren historias que quizá cambien a alguien al leerlas. Eso es lo que hacemos cada día en La Central. Y mientras haya lectores que quieran pensar por sí mismos, seguiremos aquí.
EVA CONGIL, LA CENTRAL
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