La velocidad de la adopción de stables es muy muy superior a la BTC.
Posiblemente llegará antes la aceptación generalizada de stables
El siguiente artículo surge a partir del comentario de arriba (leído en el grupo Bitcoin Tuesday Madrid de Telegram).
Hiperdolarización, hiperstablecoinización, hiperbitcoinización
Hay una idea que empieza a repetirse mucho en el mundo bitcoiner: en lugar de una hiperbitcoinización, tal vez veamos una hiperstablecoinización. Esta intuición no es descabellada, pero conviene entender bien qué es lo que se está comparando aquí.
Las stablecoins crecen rápido porque resuelven un problema muy concreto: mover dólares de forma digital, global, relativamente barata y sin depender de la banca tradicional. Para millones de personas fuera de Estados Unidos, especialmente en países con monedas débiles, inflación alta, controles de capital y mucha gente desbancarizada, una stablecoin no se percibe como “cripto”, se percibe como acceso práctico al dólar.
Esa facilidad de acceso al dólar es potente. Aunque no es una revolución monetaria en un sentido profundo. Es una revolución en la distribución. Una stablecoin no compite con el dólar, extiende su uso. No sustituye al sistema fíat, lo tokeniza. No crea un nuevo dinero, emite un token que promete ser canjeable por dólares. En el fondo, USDT, USDC o cualquier stablecoin respaldada por dólares son sustitutos monetarios del dólar. Son dólares con otra interfaz, dólares que viajan por rails cripto.
Por eso es razonable pensar que la hiperdolarización vía stablecoins (hiperstablecoinización) pueda llegar antes que la hiperbitcoinización. El mercado siempre adopta primero lo que le resulta más familiar. Y el dólar parte con una ventaja brutal: unidad de cuenta global, liquidez, profundidad financiera, aceptación comercial, deuda denominada en dólares y décadas de confianza institucional relativa frente a monedas más débiles.
A diferencia de las stablecoins, Bitcoin no pretende optimizar y expandir el actual sistema monetario. Antes al contrario, viene a ofrecer una salida. Por tanto, comparar a las stablecoins con Bitcoin como si fueran dos productos monetarios equivalentes compitiendo por la misma función es un error.
Las stablecoins pueden preservar mejor la ilusión de estabilidad en el corto plazo. Bitcoin es una apuesta por la escasez y la resistencia a la manipulación en el largo plazo. Las stablecoins buscan minimizar la volatilidad frente al dólar y, por tanto, adoptar su estabilidad relativa. Bitcoin elimina la dependencia de emisores, custodios y bancos centrales.
Una stablecoin necesita reservas, regulación, emisores, bancos, deuda pública, auditorías, jurisdicciones y confianza en que el token será canjeable por aquello que dice representar. Bitcoin es ajeno a todo eso y no promete paridad con nada. Esa es precisamente una de sus fortalezas, No obstante, esto conlleva una adopción más dificultosa.
Por ello la adopción de stablecoins puede ser mucho más rápida. No exige una conversión mental completa. El usuario no tiene que preguntarse qué es el dinero, qué es la inflación, qué significa la soberanía individual o por qué importa la política monetaria. Solo tiene que querer dólares fáciles de mover.
Bitcoin es muy exigente —y es bueno que lo sea. Exige tolerar volatilidad, pensar a largo plazo, desconfiar de las promesas institucionales… Su adopción es necesariamente lenta porque implica una transformación cultural, no solo tecnológica.
La hiperdolarización vía stablecoins (hiperstablecoinización) es una posibilidad. Y podría ser una fase previa a la hiperbitcoinización. Primero, la gente abandonaría monedas locales débiles para refugiarse en dólares digitales. Después, una parte entendería que el problema no era solo su moneda local, sino la propia arquitectura del dinero fíat: emisión discrecional, dependencia política, intermediarios privilegiados y confianza obligatoria. Y, poco a poco, Bitcoin dejaría de verse como una alternativa “demasiado compleja”, para pasar a verse como un sistema monetario radicalmente distinto. La mejor opción para salir de la Matrix.
Las stablecoins —con las que no simpatizo demasiado— pueden acercar de alguna manera el mercado hacia Bitcoin. Pero también pueden retrasar la comprensión profunda del problema, porque ofrecen una solución cómoda a medias: escapar de la moneda local sin escapar del sistema fíat. Es, en parte, una trampa intelectual. Hace pensar a la gente que, como circulan sobre infraestructura “cripto”, pertenecen a la misma revolución que Bitcoin. No es así. Una stablecoin sigue representando una promesa emitida dentro del actual orden monetario.
A estas alturas no deberíamos confundir un dólar tokenizado con un dinero revolucionario como Bitcoin. La hiperdolarización puede llegar antes que la hiperbitcoinización, sí. Pero no porque las stablecoins sean mejores, sino porque son otra cosa. No obligan a cuestionar el dólar. No obligan a repensar el dinero. No obligan a romper con el marco monetario existente. Simplemente, se van a integrar en el sistema y van a hacerlo más eficiente —luego más peligroso.
Bitcoin nos obliga a cuestionarlo todo. Su adopción es lenta porque los cambios son profundos. ¿Alguien pensaba que esta lucha iba a ser breve?
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