Me satisface dar la bienvenida a este informe, fruto de la tercera edición del Foro “Mejores Empresas, Mejor Democracia”, centrada en esta ocasión en la reflexión sobre “la ética deliberativa como herramienta para la empresa del futuro”, y organizada de manera ejemplar por Ethosfera. Mi felicitación más sincera a Elena Herrero-Beaumont y a todo su equipo por haber impulsado este espacio de deliberación seria y constructiva.
Ha sido un honor para el IESE acoger las reuniones de este ciclo, y para mí personalmente haber podido participar de las discusiones y compartir inquietudes, certezas y preguntas con un grupo tan diverso de líderes empresariales, representantes institucionales, expertos y miembros de la sociedad civil. En un momento en que la polarización social, la desconfianza en las instituciones y la desinformación amenazan la calidad de nuestras democracias, iniciativas como esta cobran un valor especial: permiten reencontrarnos en torno a preguntas fundamentales y explorar de forma conjunta —más allá de las trincheras ideológicas— los desafíos éticos, políticos y sociales que afrontan las empresas en un mundo globalizado y fragmentado.
Las conclusiones que recoge este informe reflejan con claridad algunos de los grandes desafíos a los que se enfrenta la empresa en la sociedad contemporánea. En primer lugar, la constatación de que las empresas ya no pueden limitarse a ser actores económicos neutros: están llamadas a ejercer también un liderazgo moral, social y político. Su responsabilidad no se agota en la generación de valor económico, sino que incluye la protección de valores democráticos esenciales como la confianza pública, la integridad institucional y el respeto por el bien común.
En segundo lugar, la necesidad de desarrollar una ética empresarial deliberativa, capaz combinar la firmeza de unos principios esenciales con la apertura al diálogo en contextos culturales diversos. En un mundo globalizado y fragmentado, donde los dilemas éticos son cada vez más complejos, la deliberación se convierte en una herramienta estratégica indispensable.
En tercer lugar, el riesgo sistémico de la desinformación, que erosiona la confianza en las empresas y las instituciones. Frente a este desafío, las empresas deben liderar con el ejemplo, apostando por la transparencia, la coherencia y el apoyo a una información veraz y contrastada.
Finalmente, el debate sobre la sostenibilidad empresarial invita a una reflexión profunda sobre los verdaderos fundamentos de la acción corporativa: ¿actuamos solo por cálculo reputacional o también por convicción ética? Solo si la sostenibilidad se integra como parte del núcleo estratégico y cultural de las organizaciones, y no como un apéndice reactivo, será posible construir una economía más justa, resiliente y al servicio de la dignidad humana.
Pero si hay una conclusión que me parece particularmente urgente subrayar, es esta: necesitamos líderes con sentido moral. Líderes que no se dejen arrastrar por la lógica cortoplacista del mercado o de la política, sino que sepan situar el bien común en el centro de sus decisiones. Líderes que entiendan que su credibilidad no se construye únicamente sobre resultados económicos, sino sobre la coherencia entre principios y acciones.
En tiempos de incertidumbre, los valores no son un lujo: son el único fundamento sólido sobre el que podemos reconstruir la confianza. Y esta tarea no es solo institucional, sino profundamente personal. Las sociedades —y las empresas que forman parte de ellas— necesitan referentes morales, personas y organizaciones que con su ejemplo inspiren, guíen y eleven el nivel del debate público y de la acción colectiva.
Este foro de deliberación nos recuerda que la ética, lejos de ser un adorno, es una necesidad estratégica para las empresas y una exigencia ineludible para fortalecer nuestras democracias. Más aún, nos enseña que, en un mundo de tensiones crecientes y desafíos globales, la ética deliberativa —una ética basada en la reflexión colectiva, la apertura al diálogo y la búsqueda compartida del bien común— es la mejor herramienta para construir liderazgos más conscientes, más íntegros y, en definitiva, más humanos. Ojalá que las reflexiones recogidas en este informe sirvan como semilla para impulsar ese tipo de liderazgo del que nuestras empresas, y nuestras democracias, tienen hoy tanta necesidad.