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    La tercera edición de Mejores Empresas, Mejor Democracia nos ha confirmado una intuición que recorre transversalmente todas las sesiones: las empresas no operan en un vacío normativo ni ético, sino en un entramado de relaciones, expectativas y tensiones que definen su legitimidad social. El contexto geopolítico, la transformación digital y la polarización política han reconfigurado ese entorno, exigiendo una revisión honesta de las condiciones bajo las cuales las empresas pueden y deben ejercer su responsabilidad en democracia.

    A lo largo del foro se ha puesto de relieve que las empresas ya no pueden limitarse a ser actores económicos neutrales. Son también actores morales, sociales y —en muchos casos— políticos. Sus decisiones impactan en la confianza pública, en la cohesión social, en la calidad del debate democrático y en la sostenibilidad del entorno natural. Esta nueva centralidad exige desarrollar una responsabilidad política corporativa que, sin sustituir al Estado ni invadir su función representativa, contribuya activamente a la protección del bien común en un contexto cada vez más fragmentado.

    Una primera tensión explorada en el foro ha sido la del relativismo ético en un mundo global. La expansión internacional de las empresas obliga a operar en jurisdicciones con marcos de valores dispares, y a menudo incompatibles. Frente a este desafío, se defendió una ética empresarial deliberativa: lo suficientemente firme como para no diluir principios esenciales, y lo bastante flexible como para adaptarse con inteligencia cultural a contextos diversos.

    La segunda gran tensión analizada fue la que se da entre integridad y supervivencia. La entrada de fondos soberanos en empresas estratégicas, o la exposición a prácticas corruptas en determinados mercados, plantea dilemas éticos profundos. Aquí, el foro ha reivindicado el valor de la anticipación y la deliberación: las empresas deben trazar sus líneas rojas antes de verse sometidas a presiones externas, y dotarse de mecanismos para evaluar sus decisiones no solo por su rentabilidad, sino también por su impacto en la autonomía, la reputación y los principios fundacionales de la organización.

    La tercera línea de reflexión giró en torno a los riesgos de la desinformación. El foro coincidió en que este fenómeno representa una amenaza estructural para la confianza social, la estabilidad institucional y la reputación empresarial. Nadie está completamente a salvo, y todos —personas, empresas, medios y administraciones— pueden convertirse en agentes involuntarios de desinformación. En este escenario, construir confianza se vuelve un imperativo estratégico. Y ello exige, entre otras cosas, promover un uso responsable de la publicidad, apoyar el periodismo de calidad, reforzar la transparencia institucional y mejorar la alfabetización mediática de la ciudadanía.

    Finalmente, se abordó con especial profundidad la cuestión de la sostenibilidad y sus fundamentos. ¿Actúan las empresas por convicción ética o por cálculo reputacional? ¿La normativa europea impulsa el cambio o lo burocratiza? ¿Ser sostenible es rentable o debe ser, ante todo, lo correcto? Las respuestas no son unívocas, pero el foro sí mostró un acuerdo de fondo: la sostenibilidad debe dejar de concebirse como un apéndice decorativo y pasar a formar parte del núcleo estratégico y cultural de las organizaciones. Para ello, es necesario un nuevo equilibrio entre regulación inteligente, convicciones éticas claras y realismo operativo.

    En resumen, este foro ha confirmado que las mejores empresas no son solo aquellas que generan valor económico, sino las que contribuyen activamente al fortalecimiento de la democracia. Y que esta contribución —ética, deliberativa y estratégica— no debe entenderse como una carga, sino como una fuente de legitimidad, resiliencia y liderazgo en el mundo que viene.