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Encuentro cinco: Más allá del dilemaTres modelos de reflexión para la decisión moral

    Ponencia de Diego S. Garrocho

      Presidente del Consejo Académico de Ethosfera. Vicedecano de investigación de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid. Profesor de Ética y Filosofía Política de la UAM.

      A lo largo de las distintas sesiones del programa Mejores empresas. Mejor democracia, nos hemos enfrentado a distintas circunstancias en las que se nos exigía deliberar en torno a cuestiones morales. Reunidos en grupos, profesionales provenientes de distintos ámbitos han encarado circunstancias más o menos complejas en las que intervenían valores y condicionantes éticos.

      Este ciclo ha demostrado que personas competentes, de valía profesional y prestigio personal, eran capaces de disentir en torno a cuestiones complejas. En ocasiones hemos sido capaces de establecer consensos mínimos pero en otras circunstancias la divergencia de opinión se ha puesto de manifiesto no sólo en el interior de las distintas mesas de conversación, sino también en la exposición plenaria.

      Si esto es así es porque, a pesar de vivir en una sociedad abierta y de valores compartidos, no existe una solución definitiva para algunos de nuestros desafíos más apremiantes. Es una consecuencia de vivir en un contexto plural. Puede, de hecho, que estos disensos sean la condición de posibilidad de ese pluralismo propio de las democracias liberales.

      El pluralismo consecuente de la deliberación no es una debilidad de nuestras sociedades sino una de sus más estimables fortalezas. Si somos capaces de pensar de forma distinta, e incluso de disentir airadamente, es porque nuestras formas de razonamiento moral beben de fuentes diversas. Nuestra identidad ética y cultural es más o menos uniforme pero la tradición sobre la que se asienta nuestra manera de vivir descansa sobre una herencia compleja e incluso en ocasiones contradictoria.

      La ética no es una ciencia, ni siquiera es exactamente un método o un instrumento. Se trata, de algún modo, de una disciplina con lindes no exactamente formales que nos orienta a la hora de tomar decisiones. Una explicación clasiquísima es aquella que vincula la ética con la estética y que nos recuerda que ser éticos equivale a ser elegantes. Pero esa elegancia, a pesar del uso frecuente, no tiene tanto que ver con una cuestión puramente referida al vestido, al gesto o a la actitud, sino que en su sentido más etimológico hace referencia al valor de la elección. La ética es una disciplina que nos orienta a la hora de tomar decisiones y que nos permite dar razón pública sobre qué creemos que es mejor y qué creemos que es peor.

      Este es, quizá, el origen de la querencia que ha tenido la ética o la filosofía moral a expresarse en dilemas. En las aulas, en los estudios de caso y en muchas conversaciones informales las dudas morales se expresan como opciones autoexcluyentes. Un dilema es, exactamente, eso: una circunstancia donde debemos elegir entre dos opciones. O una vía u otra. La formulación de la ética en escenarios dilemáticos es clara, efectiva y muy intuitiva dado que todos tomamos decisiones difíciles. Especialmente cuando no se trata de elegir entre lo que está bien o está mal sino cuando debemos optar, por ejemplo, entre dos males.

      A pesar de esta condición dilemática del razonamiento moral, en otras ocasiones la perplejidad ética se expresa no en el ámbito de la decisión sino en la ejecución de una acción. Dicho de otra manera, en muchas ocasiones tenemos claro qué camino debemos tomar pero, sin embargo, somos incapaces de llevarlo a cabo o nuestros intereses, impulsos, miedos y reflejos nos llevan a ejecutar una acción contraria a lo que sabíamos que era justo. Ovidio en sus Metamorfosis, por ejemplo, lo expresó con claridad: video meliora proboque deteriora sequor. O lo que es lo mismo: veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor.

      Pese a todo, en el ámbito de gobierno, gestión y administración, los criterios que rigen nuestra deliberación moral siguen siendo prioritarios. Dirigir una empresa, un país o un sector estratégico no son actividades demasiado distintas que pilotar una nave, podríamos decir con Platón. Por este motivo se nos hace imprescindible aprender e instruir acerca de cuáles pueden ser los criterios que mejor orienten nuestra toma de decisiones.

      Un filósofo moral, en el mejor de los casos, no puede ser más que un juez de instrucción de algunas circunstancias éticamente relevantes. Todas las decisiones requieren, para ser imputables, un cierto grado de autonomía. Pero la autonomía debe ser informada y responsable. Es más, deberíamos esforzarnos por conseguir que nuestras decisiones personales y profesionales maximizaran esa información y esa responsabilidad.

      Por este motivo, en la sesión que nos aguarda como cierre, intentaremos exponer tres modelos básicos de razonamiento moral. Hay, por supuesto, muchos otros modelos. De hecho cabría pensar que podemos seguir inventando y creando estructuras y marcos de razonamiento moral pero, muy probablemente, todos acabarán dependiendo de un modo u otro de los tres que aquí presentaremos. Del mismo modo que cualquier color, por matizado que este sea, puede ser compuesto a partir de los tres colores básicos, todos los criterios morales de decisión pueden reconstruirse a partir de la influencia que tienen sobre nosotros estos tres paradigmas esenciales.

        El primero de ellos puede describirse como la ética de la virtud. Encuentra su precedente más rotundo en la ética de Aristóteles (384-322 a.C.) aunque, también, se condensa de un modo u otro a lo largo de la tradición clásica. Este modelo de razonamiento vincula el bien con la vida buena, y esta vida excelente con el cultivo de la virtud a través de la costumbre y la repetición. La ética de la virtud asumiría que la mejor decisión es aquella que opera en nosotros construyendo una segunda naturaleza por lo que toda decisión, y toda acción, sería una manifestación y, al mismo tiempo, un agente activo en nuestra construcción moral. Si somos lo que hacemos y hacemos aquello que consideramos que es bueno, en todas nuestras acciones estaremos poniendo nuestra subjetividad en juego. El fin último de cualquier acción humana será la felicidad, motivo por el que este paradigma moral se describe, esencialmente, como eudaimonista y aliado de la mejor vida posible.

        Frente a esta consideración de la moral como un camino hacia la vida plena, muchos siglos después, aunque condensando muchas influencias previas, I. Kant (1724-1804) inauguró un nuevo modelo de reflexión moral vinculado, esencialmente, con la idea de deber. Este paradigma de pensamiento renunciaba a evaluar las consecuencias de nuestras acciones ya que sólo la conformidad con el deber sería un marcador legítimo a la hora de tomar decisiones. La felicidad o el bienestar resultante del ejercicio del deber no jugarían papel alguno y la razón, en su dimensión práctica, sería el instrumento con el que contamos los humanos para poder resolver los dilemas morales y para orientar nuestra acción moral.

        Finalmente, encontramos un tercer paradigma de razonamiento que acabaría por tener un enorme éxito: el utilitarismo. Aunque, de nuevo, podríamos reconocer muchos padres del pensamiento utilitarista, tal vez sea John Stuart Mill (1806-1873) quien mejor resume esta corriente de pensamiento. La regla intuitiva de la que se sirve, aunque incorporará innumerables matices tanto en Mill como en sucesivos autores, es que la mejor decisión es aquella que maximiza el mayor bien para el mayor número de personas. Los eventuales bienes ilegítimos o la imponderabilidad de algunos de estos bienes son sólo algunas de las paradojas a las que deberá enfrentarse esta corriente de pensamiento.

    La necesidad de este debate

      Ninguno de estos paradigmas, que serán pertinentemente explicados durante la última sesión, colisiona grandemente con nuestras intuiciones comunes. Es más, muy probablemente, y explicados aisladamente, todos podríamos sentirnos tentados a conceder que cada uno de los modelos de razonamiento son acertados o que, al menos, tienen algo de razón. Si esto es así no es porque Aristóteles, Kant o Mill fueran autores banales o sostuvieran obviedades sino que si hoy somos capaces de razonar con criterios semejantes a los que se exponen en sus libros es, precisamente, por la influencia que han tenido en nosotros.

      Al igual que un hablante nativo es capaz de construir frases correctas y complejas en un idioma sin saber formalmente sintaxis, todos nosotros hemos sido capaces de razonar moralmente en escenarios nada sencillos aunque no sepamos explicitar nuestro paradigma de razonamiento. Sin embargo, existe una utilidad evidente en el hecho de desvelar qué implícitos no visibles determinan el modo en que evaluamos distintas opciones morales. Es decir, puede que no aprendamos nada reconstruyendo nuestra tradición moral pero, de algún modo, nuestras intuiciones se harán más transparentes y podremos tener acceso al conjunto de elementos que de forma inconsciente determinan el modo en que pensamos, decidimos y actuamos. En última instancia, además, se perfeccionará nuestra conversación pública a la hora de dar razón de por qué pensamos aquello que decimos defender.

      La sesión final tendrá, por lo tanto, dos sentidos. Uno retrospectivo: a lo largo de la exposición seremos capaces de recuperar algunas de las cuestiones que hemos visto en las otras reuniones y, quizá, se nos harán más evidentes algunas de las premisas no visibles desde las que decidimos en las distintas preguntas. Pero, asimismo, emplearemos la última parte de la sesión para justificar qué valor puede tener en el seno de una empresa la reconstrucción de una identidad corporativa alrededor de estos tres paradigmas morales. De este modo, el destino final de nuestra propuesta será justificar el papel insustituible que puede tener la reflexión filosófica y moral sobre la identidad, el prestigio y el gobierno de las empresas.

    Preguntas que guiaron la deliberación

      Las premisas no visibles y los implícitos que hemos expuesto en esta sesión, ¿ayudan y son de utilidad a la hora de responder a las preguntas que se presentaron en las siguientes sesiones? ¿Ha mejorado en algo vuestra forma de evaluar éticamente este tipo de dilemas?

      ¿Qué valor puede tener para una empresa la reconstrucción de una identidad corporativa alrededor de estos tres paradigmas morales?

      ¿Sentís alguna preferencia por uno de los tres paradigmas de razonamiento moral? ¿Por cuál? ¿Por qué?

    Puesta en común

      Primera pregunta: Las premisas no visibles y los implícitos que hemos expuesto en esta sesión, ¿ayudan y son de utilidad a la hora de responder a las preguntas que se presentaron en las siguientes sesiones? ¿Ha mejorado en algo vuestra forma de evaluar éticamente este tipo de dilemas?

        Con respecto a la primera pregunta el grupo de expertos mantuvo una posición más o menos coherente, e incluso homogénea, a la hora de evaluar la utilidad de estos paradigmas. Sin embargo, y como era previsible, no existió un consenso a la hora de cifrar cuál de los tres modelos puede resultar más útil y aplicable en el terreno práctico de la toma de decisiones. Ya desde la primera pregunta la necesidad de optar por uno u otro empezó a adelantarse. Existió, incluso, una opinión común sobre la posibilidad de hacer coherentes los tres modelos y se adelantó la opción, ya explicitada en la presentación general, de que puedan hacerse compatibles en determinados escenarios.

        En un contexto de vocación esencialmente práctico, como el que se intentó procurar, gozó de una especial acogida el modelo utilistarista de John Stuart Mill dado que,

          nos permite tomar decisiones en base a criterios visibles y cuantificables y

          a fin de cuentas, maximizar el beneficio para el mayor número de personas es una estrategia perfectamente coherente con gran parte de nuestras intuiciones morales.

        Ese criterio maximalista, que atañe a un mayor número de personas implicadas, encaja también con el marco planteado desde 2019 por la Business Roundtable con la redefinición del capitalismo y su propósito. A la hora de tomar decisiones políticas, administrativas o gerenciales en el ámbito corporativo, es relevante maximizar la atención por todas las personas afectadas. El utilitarismo resultaría también un instrumento eficaz, según se expuso, para reforzar campañas pedagógicas en torno a cuestiones tan significativas y determinantes para la prosperidad futura de la humanidad como el cambio climático, por ejemplo.

        Con todo, también se subrayó la conveniencia de mantener una cierta vocación aristotélica en la que la aspiración a vidas plenas pudiera incorporarse al marco de deliberación. No basta con maximizar el bien sino que las decisiones deben tomarse también en un horizonte de ideales en el que la virtud, el bienestar y el florecimiento personal tengan cabida. El marco kantiano, sin embargo, fue el que tuvo una acogida menos entusiasta aunque, puntualmente, también se adelantó la fuerza y robustez de un planteamiento que resulta enteramente inatento al beneficio y que establece un marco de deberes puros. Ese marco, sin embargo, parece más propio de escenarios de estricto cumplimiento deontológico.

      Segunda pregunta: ¿Qué valor puede tener para una empresa la reconstrucción de una identidad corporativa alrededor de estos tres paradigmas morales?

        La segunda pregunta, más abierta en su planteamiento, dio pie a distintas respuestas y sirvió para ahondar en el debate adelantado en la primera. Hubo grupos que insistieron en la especificidad de cada uno de los modelos, advirtiendo que, por ejemplo, el paradigma kantiano podría ser de utilidad para fortalecer la misión de la compañía. El carácter incondicionado del razonamiento kantiano puede ser, se argumentó, de utilidad en ese ámbito. Sin embargo, a corto plazo, un razonamiento de inspiración puramente utilitarista podría ser más ejecutivo mientras que el planteamiento aristotélico puede ser singularmente idóneo a la hora de plantear una personalidad corporativa.

        A la hora de preferir, de forma rotunda, por alguno de los modelos, se ha percibido una diferencia relativa al desempeño de los miembros del grupo. Por este motivo, el alto funcionariado ha planteado, al menos como hipótesis, la posibilidad de que la función pública deba orientarse por criterios de deber estricto de un modo más vinculante que el ámbito corporativo, donde el propósito puede someterse a deliberación. En principio, es cierto que no siempre, o no en todos los casos, deba existir una coherencia común entre todo el tejido empresarial de un país mientras que sí debe plantearse una unidad de acción en el ámbito de la administración.

        Esta cuestión resultó clave en el debate porque se subrayó que, siendo cierto que existen deberes compartidos por cualquier empresa, existe un espectro de libre decisión que es el que marca la personalidad corporativa y que debe distinguirse de los competidores. Esa diferencia específica entre empresas es saludable y es, desde luego, un recurso legítimo a la hora de diferenciarse entre ellas.

        El establecimiento de un horizonte específico de decisión moral que dote de personalidad a las empresas genera una utilidad que va más allá de la identidad corporativa o de la identidad de marca. En el desarrollo del debate se remarcó, además, que un marco ético previamente fijado puede resultar imprescindible a la hora de tutelar la toma de decisiones en escenarios imprevistos o en circunstancias de máxima volatilidad. Contar con un catálogo de valores fuertes, reconocibles, accesibles y previsibles, permite resolver anticipadamente escenarios de riesgo futuros. Este recurso se ha demostrado imprescindible en circunstancias como la COVID19 y en otras catástrofes imposibles de prever.

        Pese a todo, un rasgo compartido y perfectamente útil que perfeccionó lo adelantado en la exposición, es el valor del ejemplo y de las personas. A lo largo del debate se adelantó la necesidad de contar con referentes ejemplares, de carne y hueso, que sirvan para disponer un marco de ejemplaridad e imitación en el ámbito empresarial. La hiperteorización o la modelización de cuestiones morales no puede competir con la inestimable función que cumple el ejemplo encarnado en personas concretas y visibles. Las instituciones, públicas o privadas, dependen y descansan siempre en personas. Nada marca más que un buen superior y los procesos de decantación del talento y la excelencia moral son claves a la hora de ordenar correctamente el ámbito corporativo.

      Tercera pregunta: ¿Sentís alguna preferencia por uno de los tres paradigmas de razonamiento moral? ¿Por cuál? ¿Por qué?

        La respuesta a la tercera pregunta, de un modo u otro, se fue respondiendo de forma espontánea en los otros momentos del debate y las distintas sensibilidades fueron recogiéndose según avanzaba la respuesta de las otras dos cuestiones. En cualquier caso, y como reflexión final, sí se presentaron algunas opiniones relevantes que sirvieron para explicitar la utilidad de estos marcos de reflexión.

        En primer lugar debemos recoger un hecho fundamental y que sirvió como motor para la conversación: no existe un consenso unánime ni un modelo que pueda satisfacer por entero la deliberación moral en los contextos dilemáticos de decisión. A la hora de explicitar cuáles son los criterios que operan en nuestras decisiones (personales, políticas o profesionales) existen variables que no siempre son veladas o que no se hacen enteramente explícitas. Sí se subrayó la conveniencia de establecer con claridad estos modelos ya que, de alguna manera, hacen conscientes elementos que en principio pueden resultar opacos y nos permiten ejercer comparaciones y ponderaciones en contextos no intervenidos de forma excesiva por la emotividad u otros criterios subjetivos.

        La revisión del paradigma kantiano, que es el que inspira los códigos normativos (e incluso el ordenamiento jurídico en nuestro país) parece que queda relegado al ámbito del compliance o del cumplimiento deontológico. Es útil para establecer unos mínimos pero resulta mucho menos fecundo a la hora de determinar criterios ambiciosos o diferenciales. Puede ser, además, de gran utilidad en disquisiciones esencialmente técnicas.

        El marco utilistarista generó un amplio consenso aunque también exige ulteriores definiciones. No queda claro qué se entiende por bien para el mayor número y para determinar esos matices parece que se hace imprescindible una definición sustantiva acerca de qué sea el bien, por qué debe preferirse un valor frente a otro, qué objetivos debe perseguir una empresa o un gobierno y qué relación jerárquica debe describirse para bienes en conflicto. La claridad de principios no sólo es útil sino que explicitar la personalidad o identidad moral de una empresa es, también, un rasgo de transparencia interesante cuando no imprescindible.

    Conclusiones principales del debate

      Esta última sesión tuvo como propósito exponer al Grupo de Expertos de Alto Nivel algunos de los paradigmas clásicos de razonamiento moral. Cuando se concibió el curso, los organizadores debatimos sobre la conveniencia de situar al principio o al final del ciclo esta presentación. Aunque existían muy buenos argumentos para ubicar este encuentro en primer lugar, creímos, sin embargo, que podría cumplir una función conclusiva por dos motivos. En primer lugar, consideramos que las conversaciones y debates serían mucho más espontáneos si los encuentros se mantenían sin una determinación previa que pudiera sesgar la deliberación. En segundo, creímos oportuno servirnos de las conversaciones precedentes para poder ejemplificar las variaciones existentes entre estos tres paradigmas básicos de reflexión ética.

        No existe un consenso unánime ni un modelo que pueda satisfacer por entero la deliberación moral en los contextos dilemáticos de decisión . Hubo una opinión común sobre la posibilidad de hacer coherentes los tres paradigmas de razonamiento moral.

        Gozó de una especial acogida el modelo utilitarista de John Stuart Mill, que encaja con el manifiesto sobre la redefinición del capitalismo publicado por la Business Roundtable en 2019 y podría ser, en general, más ejecutivo.

        También se subrayó la conveniencia de mantener una cierta vocación aristotélica en la que la aspiración a vidas plenas pudiera incorporarse al marco de deliberación.

        Un enfoque aristotélico podría ser idóneo a la hora de plantear una personalidad corporativa.

        El marco Kantiano tuvo una acogida menos entusiasta, aunque parece más propio de escenarios de estricto cumplimiento deontológico.

        El paradigma kantiano, por su carácter incondicionado, podría ser también de utilidad para fortalecer el propósito de la compañía.

        El alto funcionariado planteó la posibilidad de que la función pública deba orientarse por criterios de deber estricto de un modo más vinculante que el ámbito corporativo.

        Un marco ético previamente fijado puede resultar imprescindible a la hora de tutelar la toma de decisiones en escenarios imprevistos.

        Son necesarios los referentes ejemplares, personas concretas y visibles, que sirvan para disponer un marco de ejemplaridad e imitación en el ámbito empresarial.

        Es conveniente establecer con claridad estos modelos porque hacen conscientes elementos que nos permiten ponderar sin intervención excesiva de nuestra emotividad o criterios subjetivos.

        La claridad de principios no sólo es útil sino que explicitar la personalidad o identidad moral de una empresa es, también, un rasgo de transparencia intesante cuando no imprescindible.