Este informe es el resultado de un trabajo de laboratorio intelectual donde ha participado un grupo de mujeres y hombres con vocación transformadora, fuerte compromiso moral y capacidad de influencia (al que hemos llamado Grupo de Expertos de Alto Nivel o GEAN). Cualquier ciudadano español se hubiera sentido orgulloso y esperanzado si hubiera tenido la ocasión de presenciar el magnífico debate del que hemos sido testigo estos meses.
Este experimento nos reafirma en una de las premisas de Ethosfera: en el actual entorno digital tenemos que ser capaces de desarrollar nuevas formas de deliberación pública, alejadas de los tuits, comments, likes y relikes propios de las redes sociales, y que al mismo tiempo garanticen el elemento público. Sólo así lograremos la inteligencia colectiva necesaria para tomar decisiones públicas excelentes, en la línea que proclamaba Hannah Arendt en La Condición Humana: “ninguna actividad puede alcanzar la excelencia si el mundo no proporciona un espacio para su existencia. La esfera pública es el lugar adecuado para la excelencia humana.”
La tradición política de la representación moderna que inspira nuestro actual Estado constitucional tiene alrededor de 300 años de historia. A lo largo de estos tres siglos, la tecnología ha ido condicionando el devenir de esa esfera pública hasta el estado de quiebra que padecemos en la actualidad y que abre la puerta a nuevos regímenes políticos que ningún ciudadano occidental lo suficientemente instruido estaría dispuesto a tolerar.
En este contexto, las empresas, especialmente las tecnológicas, deberían actuar con una nueva conciencia cívica. Con este planteamiento, nos vamos acercando al tema central de este ejercicio deliberativo y de este Informe: cómo definir el nuevo papel de las empresas como movilizadores políticos y sociales y establecer un marco de cooperación real con el Estado y con la sociedad civil.
En este ejercicio deliberativo se confirma que el factor político comienza a ocupar un papel clave en las empresas, y que la polarización política supone un nuevo riesgo para las mismas, frente al que se ven obligadas a tomar (o no) determinadas posiciones políticas, como hemos visto estos meses con la estampida de empresas occidentales en suelo ruso. También ha habido un consenso sobre los orígenes de la polarización, que se encuentran en la creciente desigualdad y el derrumbe de la meritocracia como clásico tractor social de las clases medias. Ante esta realidad sólo cabe reflexionar sobre la idea del bien común, como lleva defendiendo el filósofo Michael Sandel desde que publicó en 2020 La Tiranía del Mérito.
En la búsqueda del bien común y de un mayor sostenimiento social, las empresas deberían de comenzar a trabajar en un marco ético que defina su propósito teniendo siempre presente la idea de que sin un mayor sostenimiento social, la democracia se tambalea y, sin ella, se asienta lo que el GEAN ha llamado el “desorden global” actual. Ante este hecho, las empresas tienen una doble alternativa: pueden o bien reaccionar de manera oportunista a las presiones o bien ser auténticamente visionarias.
Este marco ético por el que abogamos debería ser capaz de operar más allá de las pasiones y apetitos de sus líderes, devorados en muchas ocasiones por sus instintos de poder, fama y acumulación de riqueza. Aunque también precisamos de la ejemplaridad de personas concretas y visibles. Porque más allá de la responsabilidad indelegable que se les va a imponer a los miembros de los Consejos de Administración a través de las futuras oleadas de regulación, los máximos líderes empresariales pueden sensibilizarse y reconciliarse con los sistemas de razonamiento moral que han alumbrado gigantes (Aristóteles, John Stuart Mill, Immanuel Kant, John Rawls, por citar algunos ejemplos) que nos precedieron y que ejemplifican la mejor versión de nuestra condición humana: el desarrollo de una buena vida, al servicio del mayor número de personas, donde podamos recuperar el sentido del deber. Dentro de este nuevo marco ético, los dirigentes de las empresas deberían de buscar objetivos concretos, como diseñar un equitativo ascensor social mediante la justa retribución de directivos y empleados, la formación y la capacitación continua.
Dentro de esta propuesta normativa, surge de manera inmediata el enigma de nuestras pymes, que constituyen el grueso de nuestro tejido empresarial y que se enfrentan en muchos casos a la mera supervivencia. La cuestión de cuál va a ser el papel de las pymes ante este nuevo paradigma y si deberían de tener la capacidad de socializarse y politizarse al mismo nivel de las grandes empresas queda por tanto abierta.
También emerge la cuestión social, concretamente volvemos a rescatar el viejo debate de hasta qué punto la sociedad, sobre todo las capas más desfavorecidas y vulnerables tienen verdadera capacidad para asumir los nuevos diálogos y las nuevas responsabilidades. En el viejo dilema que plantearon en su momento el elitista Walter Lippmann y el demócrata John Dewey, nos decantamos por mantener un equilibrio, donde exista espacio para unas élites y a la vez instrumentos y elementos para una nueva pedagogía y comunicación con las que escuchar y hablar los lenguajes de ese mundo de la vida al que hicimos referencia en la cuarta sesión sobre medio ambiente y empresa. De lo contrario, seguiremos alimentando una sospecha de intereses no declarados por parte de las élites globales, que opera como nueva fuente de desconfianza, y una cierta conciencia de victimización de quienes sienten que cargan con el coste de la Agenda 2030.
El GEAN también puso el énfasis en la necesidad de propiciar una nueva mentalidad en la administración pública, más ágil y más orientada a colaborar con el sector privado para poder verdaderamente aprovechar la oportunidad histórica que se nos presenta con los fondos NextGen. A través de ellos podemos abordar reformas estructurales que llevábamos tiempo necesitando y adaptarnos a los retos del futuro.
Esperamos que este ejercicio deliberativo sea el primero de muchos. Y esperamos con estos ejercicios contribuir a vencer el espíritu de apatía, desconfianza y cinismo con el que los ciudadanos españoles viven la actual esfera pública. Y con ello convencerles de que existe espacio para la virtud, y que ésta es contagiosa.