En relación a mi debate con Joel Serrano sobre la interpretación del valor de cambio de Carl Menger, y la necesidad de intercambios previos o poder adquisitivo previo, en su libro El Dinero de 1909, manifiesta lo siguiente en el capítulo 10 "El dinero como «instrumento de medida del precio» (como indicador del precio)". El enfásis es mío:
Ambos contratantes proceden al intercambio normalmente para asegurarse una satisfacción de sus necesidades mejor y más completa de lo que sería sin esa operación, o, si se quiere, para obtener una ganancia.
Sin embargo, el deseo de los agentes económicos, es decir de ambos contratantes, de obtener una ventaja también del intercambio de bienes, como de todos los demás actos económicos, no solo es la verdadera causa que da origen al intercambio de bienes, sino que al mismo tiempo es la consideración decisiva para la formación del precio. Cada contratante ofrece al otro a cambio de sus bienes solo aquella cantidad de los propios bienes que le ofrecen la perspectiva de alcanzar el objetivo al que nos referíamos. Normalmente, cada uno ofrece y cede, a cambio de los bienes que quiere obtener, tan solo aquella cantidad de un bien que le permite obtener una ventaja económica, y aquí la competencia sobre el precio se desarrolla sustancialmente solo sobre la ventaja mayor o menor que cada uno de los dos logra sacar, sin lo cual el asunto en cuestión no prospera.
Los precios efectivos de los bienes son el resultado final, no el presupuesto del proceso de formación del precio arriba descrito. La opinión según la cual en los bienes que se intercambian se hallan contenidas («encerradas» en los bienes), ya antes del intercambio mismo, ciertas cantidades de valor de cambio y que estas últimas, ya antes de la formación del precio, se miden mediante el valor de cambio de la unidad monetaria (la abstracta cantidad de valor de cambio que está representada) de modo que se establezca una «igualdad de valor» de los bienes que se intercambian, es un puro producto de la fantasía. El proceso efectivo de la formación del precio, en realidad, no tiene necesidad de una medida previa de las supuestas cantidades de valor contenidas en los bienes , o de cualquier otra medición mediante abstractas «magnitudes de valor».
Pero aun admitiendo que en las operaciones de intercambio, las partes tuvieran la intención, antes aún de concluirlas, de medir el valor de cambio de los bienes que se intercambian mediante el valor de cambio del dinero o de la unidad monetaria, no se ve cómo podrían realizar esta intención, dado que para semejante objetivo una pieza de moneda sería tan inútil como superflua.
La idea de que antes de todo intercambio tenga que haber o que haya efectivamente una medición del valor de cambio de los propios bienes mediante el valor de cambio del dinero o de la unidad monetaria y que, por tanto, el dinero es un instrumento de medida del precio, es insostenible.
Se puede ver que para Menger, los precios o el poder adquisitivo son siempre una consecuencia del valor. Que la causa de los precios son las valoraciones y los intereses de las partes que participan en cualquier tipo de intercambio, ya sea entre individuos o entre comerciantes y empresarios. La causa fundamental sean quien sean los contratantes es la obtención de ganancia o beneficio en el intercambio (i.e. Hal Finney). Además, en la primera nota al pie de este mismo capítulo añade lo siguiente (énfasis también mío):
En el intercambio de bienes – tanto en el que se dirige al consumo, como el que se produce entre empresarios (entre productores y comerciantes) – ambos contratantes tratan de obtener una ventaja económica (una mejora de su situación económica) o sea un beneficio, y normalmente con una perspicaz gestión económica, lo consiguen efectivamente.
La explicación de este hecho nace ante todo de la consideración de que ellos no proceden a efectuar el cambio mecánicamente y con independencia de todas las circunstancias (como sucedería de la relación ficticia: x quintales de carbón = y libras de cobre = z fanegas de trigo), sino solo y en cuanto ambos obtienen un beneficio.
Especialmente en el primer caso el beneficio de ambas partes se explica sobre la base del distinto valor de uso que bienes distintos (incluso en un mismo mercado y en el mismo instante) pueden tener para dos sujetos económicos distintos, en cuanto, por ejemplo, el bien a que se encuentra en posesión del sujeto económico A tiene para este un valor de uso inferior al del bien b que se encuentra en posesión del sujeto económico B, mientras que para B vale la relación de valoración inversa.
En una operación de intercambio que se desarrolla sobre esta o sobre una base análoga, ambos contratantes pueden evidentemente obtener una ventaja económica efectiva y mejorar su respectiva situación económica. Sobre los diversos niveles de precio (dentro de ciertos márgenes) ambos contratantes pueden también llegar a un acuerdo, sin que para esto sea eliminada necesariamente la ventaja económica para ambos. Si falta el presupuesto del beneficio para ambos contratantes, no puede tener lugar un intercambio económico de bienes, y en realidad normalmente no tiene lugar.
Análoga explicación tiene también el beneficio para ambas partes (en este caso empresarial) que deriva de las transacciones entre comerciantes y empresarios. También aquí conviene insistir en que los mencionados sujetos económicos no realizan un intercambio en cualquier circunstancia , sino solo si promete un beneficio para ambos. Si en todo instante, en un mismo mercado, existieran a priori relaciones de cambio fijas (como quiere la típica fórmula indicada más arriba), entonces en las relaciones entre comerciantes, un beneficio para ambas partes, cuando existiera efectivamente, sería en realidad inexplicable.
Si, en cambio, se
piensa[tiene presente] que esa relación de cambio de bienes que se supone existe permanentemente en los mercados, ya antes de que se realicen actos de intercambio es, en su estricta formulación matemática, solo una ficción. Es decir, solo si se subraya claramente que la relación de cambio de los bienes en nuestros mercados no es una precondición sino el resultado del juego de los intereses económicos de los contratantes, entonces también el beneficio empresarial derivado para ambos comerciantes del intercambio de bienes tiene su explicación tan natural como iluminadora.
Este capítulo 10 de El Dinero no solo refuta la doctrina objetivista del valor "encerrado" en los bienes (Aristóteles, Ricardo, Knies). La crítica es más amplia y niega que sea necesaria cualquier medida previa del valor para cualquier bien incluido el dinero. Medidas como pueden ser el valor de cambio objetivo (poder adquisitivo) que exige Mises en el caso del dinero. Es decir, este capítulo es una "pre-refutación" no ya del teorema de regresión, sino que niega la existencia de cualquier circularidad en la explicación del valor del dinero.
Aplicado a la tesis de Joel, la expectativa de ganancia de Hal Finney cuando adquiere Bitcoin por unos pocos céntimos no difiere de la expectativa de ganancia que es condición necesaria para cualquier intercambio.
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